Lo que el cielo me ha enseñado sobre la vida...

Hay cosas que solo se entienden cuando se está arriba. No por cuestión de altura sino de perspectiva. Desde tierra uno ve nubes. Desde el cielo uno ve rutas, capas, movimiento. Nada es completamente negro o blanco. Todo cambia con la luz, con el ángulo, con el momento y así también es la vida. La primera lección que he tenido es que las turbulencias no siempre son malas. Se sienten incómodas. En tierra cualquier sacudida parece un problema. Arriba, se aprende a leerla distinto. Las turbulencias no significan que algo este mal; significa que se está atravesando una zona de cambio y que, si mantengo el control, el aire vuelve a calmarse luego. La vida tiene esos momentos. A veces parece que todo se mueve sin sentido, como si perdiéramos la estabilidad. Pero no siempre hay que corregir. A veces solo se trata de mantener el rumbo y esperar. Por lo general el aire siempre se calma unos minutos después.

El cielo no siempre es azul.

Desde abajo cuando el cielo se ve gris todos tendemos a pensar que el día esta malo. Pero cuando subes, el azul del cielo sigue ahí, solo que esta cubierto por una capa pasajera. Esa es una de las lecciones más simples y más difíciles a la vez: las nubes no cambian el cielo, solo lo esconden por un ratito y pienso en cuántas veces en la vida hacemos lo mismo. Creemos que algo se perdió cuando en realidad solo esta oculto detrás de algo que es temporal. Aprender a confiar en lo que no se ve es una de las formas mas reales de madurez. Y pasa con todo en la vida ¿Cuántas veces hemos perdido la esperanza de que algo bueno nos pase simplemente porque creemos que todo está acabado?

No todo se puede controlar.

En el aire hay momentos en los que haces todo bien y aun así el viento cambia. No importa cuantas veces hayas practicado, cuantas veces vayas al simulador, cuantas veces memorices los procedimientos ni cuán preparada este, hay factores que simplemente no dependen de mí. Esa sensación al principio frustra. Pero después enseña humildad. Te enseña que el control absoluto es una simple ilusión y que a veces lo mejor que uno puede hacer es soltar los hombros, respirar y ajustar lo único que sí se puede manejar: la actitud.

No todo lo que se mueve es amenaza. A veces el viento solo quiere recordarnos que no siempre soy yo la que decide el ritmo.  Aplica en la aviación y en la vida. La calma no depende siempre del entorno, sino del enfoque. Puedes estar rodeada de nubes, pero si uno se concentra en el horizonte, el vuelo sigue siendo estable. Y lo mismo pasa en tierra. Siempre hay ruido, siempre hay pendientes, pero la mente aprende a elegir a qué prestarle atención y en esa elección está la paz que uno busca. 

A veces cuando un vuelo termina uno siente que baja del cielo a la rutina. Pero la verdad es que el cielo nunca se acaba. Está ahí, todos los días, aunque no lo mires. Esa idea me cambió la forma de ver muchas cosas. Entendí que la motivación, los sueños, la fe no desaparecen cuando no los ves. Solo están detrás de las nubes, esperando que uno vuelva a subir. Y así mismo con todo en la vida.

Al final, eso es lo que el cielo me enseñó y me enseña todos los días cuando vuelo: que todo pasa, que la calma vuelve y que siempre hay algo azul esperándonos detrás de ese cielo gris. Que el vuelo mas importante no se mide en horas de vuelo sino en la forma en que decidimos mantenernos firmes incluso cuando el viento nos cambia lo que teníamos planeado. Un instructor muy sabio solía decirme: manten el rumbo y corrige cuando sea necesario. No importa el viento ni las desviaciones, asi es como finalmente se llega al destino. Es la clave para llegar a cumplir cualquier propósito. La vida, como en el vuelo, no exige perfección, solo constancia para llegar. 

 

 

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